Pocos animales han cambiado tanto nuestra idea sobre la inteligencia como el pulpo común (Octopus vulgaris). Este cefalópodo resuelve laberintos, abre frascos con rosca y transporta conchas para usarlas como refugio. Y lo hace con un cuerpo blando, ocho brazos y un sistema nervioso repartido de una forma que ningún vertebrado comparte.
La Dracaena marginata, conocida como drácena de Madagascar o palmera falsa, es una de esas plantas que sobreviven a casi todo: olvidos de riego, calefacción en invierno y esquinas con poca luz. Su porte esbelto, con un tronco fino y penachos de hojas estrechas, la ha convertido en un clásico del interiorismo desde los años setenta.
La cobaya doméstica (Cavia porcellus) lleva más de 3.000 años conviviendo con los humanos, primero en los Andes y hoy en salones de medio mundo. Se la suele presentar como una mascota "fácil" para niños, pero esa etiqueta ha jugado en su contra: durante décadas se han vendido y alojado solas, cuando su biología dice justo lo contrario.
Pocas especies cargan con tanto peso cultural como el tiburón blanco (Carcharodon carcharias). Desde el estreno de Tiburón en 1975, su imagen quedó fijada como la de un monstruo que acecha bañistas. La realidad, respaldada por décadas de investigación, es bastante distinta: hablamos de un depredador tope, longevo, escaso y clasificado como Vulnerable (VU) por la UICN.
Pocas plantas de interior tienen la trayectoria de la cinta (Chlorophytum comosum). La ves en salones, oficinas y cocinas de medio mundo, colgando con sus hojas arqueadas y sus estolones cargados de pequeños hijos. Es resistente, barata, casi indestructible… y encima tiene un pasado científico que la puso en el mapa: apareció en el famoso estudio Clean Air de la NASA de 1989 como una de las especies capaces de reducir contaminantes del aire doméstico.