16 octubre 2008 Medio Ambiente, Noticias

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El reactor número 4 de la central Memorial Vladímir Ilich Lenin de Chernóbil, situada en la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, explotó el 26 de abril de 1986. El accidente, el peor en la historia de la energía nuclear civil, espolvoreó grandes cantidades de cesio radiactivo en una área de 150.000 kilómetros cuadrados e impuso la evacuación de unas 350.000 personas.

Con ellas, emigraron las aves y los grandes mamíferos, espantados por la nube radiactiva que achicharró los pinos cercanos a la central. Pero, a la siguiente primavera, los animales habían vuelto a sus guaridas.

Hoy, la desierta ciudad de Prípiat, antaño habitada por 40.000 personas, muchas de ellas relacionadas con la central, se ha rendido al vigor de la naturaleza. Los álamos brotan en los balcones de los edificios desvencijados y el musgo se come el asfalto de las carreteras sin coches. Al atardecer, manadas de lobos, alces, osos y linces se refugian a la sombra de los oxidados símbolos comunistas.

El ministro ucraniano de Emergencias y Protección de la Población de las Consecuencias de la Catástrofe de Chernóbil, Volodymyr Shandra, anunció el pasado 20 de junio su voluntad de crear un área protegida para la fauna en la zona de exclusión de la central.

El primer paso será la introducción de un grupo de 10 bisontes europeos en un recinto de 20 hectáreas, construido en los últimos meses dentro del vallado de alambre de espino que separa el entorno del reactor del resto del mundo.

Tras este proyecto piloto, se estudiará la viabilidad de establecer más núcleos en este territorio, con el objetivo de ampliar la embrionaria Reserva Especial de Chernóbil, creada en el verano de 2007 por el presidente del Gobierno, Víktor Yushchenko.

A pesar de las incertidumbres dibujadas por el ministro, el éxito parece asegurado. En 1996, al otro lado de la frontera, el Gobierno bielorruso introdujo una veintena de bisontes procedentes de Bialowieza –uno de los últimos bosques vírgenes de Europa– y, más de diez años después, su número se ha triplicado.

El Gobierno ucraniano quiere aprovechar este inesperado edén radiactivo para atraer a los turistas. Pero, como advierte el biólogo Sergey Gaschak, del Laboratorio Internacional de Radioecología de Chernóbil, que ningún visitante espere jabalíes con dos cabezas o ciervos con tres ojos. En la zona de exclusión “no es posible detectar efectos visibles de la radiación, excepto algún desarrollo incorrecto de los brotes de los pinos”, según el experto. Las consecuencias invisibles de la contaminación, como las mutaciones del ADN, no constituyen una amenaza para las poblaciones, aunque sí pueden causar la muerte de algunos individuos.

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