26 noviembre 2009 Curiosidades, Flora

plantas carnivoras

Aunque las plantas sean incapaces de desplazarse, dado que sus raíces las mantienen fijas al suelo, y aunque los insectos sean vivos, ágiles y fuertes, existen plantas que se nutren de insectos.

Una de las más extrañas es la sarracenia, cuyas hojas en forma de cucurucho se levantan como una cabeza de serpiente lista para el ataque. Pero aquí termina el parecido, pues la planta no se arrojará jamás contra su adversario. Sólo le invita a que se meta él mismo en la trampa. La parte superior de sus hojas es un plano inclinado que conduce irreversiblemente a todo visitante hacia una ‘urna’ llena de agua, donde se ahoga éste. Esta urna funciona luego como un estomago que digiere todas las partes asimilables de los insectos tragados.

El procedimiento de la dionea, o atrapamoscas es diferente: semeja una trampa de acero. Haciendo eje sobre su nervio central, sus hojas se abren y se cierran como las páginas de un libro. Bordeadas con largas espinas, estas hojas rosadas, encarnadas y verdes llaman la atención de los insectos, como si de flores se tratase, los insectos se posan en ellas y las recorren en busca del néctar. Pero en medio de cada hoja se encuentra tres pelitos rígidos y acerados, que al menor contacto disparan el mecanismo de cierre del ‘libro’. Se aproximan sus largas espinas, se entrecruzan y cierran la trampa, como los barrotes de una prisión. La víctima no puede escapar, irrevocablemente es aplastada y absorbida.

Otra planta carnívora, la rossolis, rocio del sol o dróssera rotundifolia, brilla como una joya. Tiene un aire perfectamente inocente, pero lo mejor es que no se confíen los insectos. Su brillo de un líquido viscoso, segregado por una especie de tentáculos, que a la menor sacudida o roce se repliegan y capturan la presa mientras ésta se debate en inútiles esfuerzos. Capturada como un puño cerrado, será digerida en seguida.

La naturaleza, que es múltiple y variadísima ha inventado también una planta que atrapa a los pequeños habitantes de los pantanos. La utricularia se parece a las redes para pescar bogavantes. Sus trampas penden de sus ramas sumergidas, algo por debajo del nivel del agua. Son unos pequeños odres de dos milímetros cada uno, provistos en una de sus extremidades de una fina válvula que puede abrirse y cerrarse. Si mientras nada, una pulga de agua o un alevín roza el sistema de maniobra colocado ante su abertura, la válvula se abre y la corriente de agua originada por este movimiento arrastra el animal hacia el interior de la trampa. La puerta se cierra tras él, y por más que haga, ya no volverá abrirse.

Fuente | Maravillas de la Naturaleza

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