27 septiembre 2009 Bioficha, Enfermedades, Salvajes

peleas de carneros

En la luchas para conquistar una hembra, los carneros machos combaten según unas reglas fijas. No se golpean al azar movidos por una bronca ciega. Toman su posición, emiten ciertos ruidos y siguen las reglas de una táctica que viene de años.

Primero los dos rivales se detienen, uno al lado del otro, mirando en direcciones contrarias. Tientan unos pasos, unos traidores ‘uppercuts’ lanzados de costado con sus patas anteriores. Habitualmente silenciosos, los carneros de montaña se ponen a gruñir y a resoplar. Estos ruidos quizás sean gritos que realizan para que el combatiente abandone esos lugares.

Esta previa dura unos diez minutos, luego se separan los animales dando cada uno unos 20 pasos en dirección inversa. De repente se revuelven, se encabritan y se precipitan el uno contra el otro, cabeza contra cabeza. Chocan sus pesados cuernos con un crujido sonoro, que se percibe a más de un kilómetro de distancia.

Después de este choque, muchas veces los carneros olvidan su agravio y abandonan el campo de batalla uno al lado de otro. Pero lo más frecuente es que repitan el movimiento, alejándose otros 20 pasos y volviendo a la carga. En estos ‘cuerpo a cuerpo’ los combatientes resultan muy heridos y en ocasiones llegan a morir. Los golpes dados con las pezuñas arrancan pedazos de piel.

Los grandes cuernos en espiral del carnero de montaña (que al parecer solo usan en estos combates) son muy diferentes de los del ciervo, que caen y se recuperan cada año. Los del carnero crecen lentamente durante 30 ó 40 años, durante todo el tiempo que vive el animal. Un carnero viejo puede tener unos cuernos que midan 1.20 centímetros de largo y 40 cm. de diámetro. La espiral se ha alargado entonces hasta trazar una circunferencia completa.

Durante el invierno el carnero baja de la montaña y durante unas semanas vive más abajo, en el bosque. Con sus patas delanteras aparta la nieve para encontrar la hierba que lo alimenta. Cuando la nieve es demasiado espesa, se conforma con comer las yemas del abedul, del pino, del enebro o del álamo. La vida de él es dura en esta época. Pero las madres no pierden nunca su confianza. Los pequeños son conducidos por su madre, que como nacieron en marzo, ya están bastante mayores para seguirla. En fila avanzan uno tras otro dando saltos y cayendo sobre las huellas que dejan las pezuñas de la madre.

Pero cuando llega la primavera la familia regresa a las cumbres donde se vuelven a perder entre las flores.

Fuente | Maravilla de la Naturaleza

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