25 septiembre 2009 Bioficha, Curiosidades, Salvajes

carnero

El carnero de montaña es más bien un saltador que un trepador. La parte inferior de cada una de sus patas está provista de cojines elásticos que se ensanchan ante cualquier presión con el fin de presentar la mayor superficie posible al contacto con el suelo. La pezuña abierta como una hendidura, es la que contiene ese cojín o almohadilla y por un efecto de succión evita el deslizamiento o resbalón.

Las patas del carnero de montaña, muy flexibles y sensibles, están dotadas de poderosos músculos, que disparándose como resortes, le permiten dar saltos enormes: dos metros en sentido vertical y cinco metros en sentido horizontal por encima de una grieta o falla del terreno.

Las montañas más escarpadas no presentan nunca pendientes lisas. Siempre hay fisuras, grietas, pequeñas crestas o estrías que son otros tantos puntos de apoyo donde se afianzan las patas de los carneros y pueden, desde allí, saltar más lejos. Para ellos no hay ningún obstáculo infranqueable.

En las alturas desérticas que frecuentan los carneros montaraces tienen pocos enemigos naturales. Sólo pueden verlos las águilas pero no los atacan. No obstante, la hembra del carnero las teme, y cuando el padre ha salido en busca de alimentos ella se queda con sus pequeños con el ojo avizor sobre el cielo, desde donde en cualquier momento puede surgir el ave feroz, capaz de llevarse un corderito.

Es la madre la que enseña a su progenie el arte de correr desde arriba debajo de las pendientes, y de saltar por encima de los precipicios, eligiendo para este menester los lugares donde las posibles caídas no entrañen peligro. A los machos jóvenes les enseña también el uso de los cuernos para batirse con sus semejantes.

Hacia mediados de octubre, el carnero de montaña baja de la montaña en búsqueda de nuevos pastos. Ha pasado ya el tiempo de vagancia por las pendientes entre las flores. Se acera la temporada del apareamiento. De repente todo carnero enloquece a la vista de otro carnero. Los terrenos llenos de guijarros sembrados de pinos y abetos, van a ser testigos de unos duelos despiadados.

Fuente | Maravillas de la Naturaleza

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