La Dracaena marginata, conocida como drácena de Madagascar o palmera falsa, es una de esas plantas que sobreviven a casi todo: olvidos de riego, calefacción en invierno y esquinas con poca luz. Su porte esbelto, con un tronco fino y penachos de hojas estrechas, la ha convertido en un clásico del interiorismo desde los años setenta.
La cobaya doméstica (Cavia porcellus) lleva más de 3.000 años conviviendo con los humanos, primero en los Andes y hoy en salones de medio mundo. Se la suele presentar como una mascota "fácil" para niños, pero esa etiqueta ha jugado en su contra: durante décadas se han vendido y alojado solas, cuando su biología dice justo lo contrario.
Pocas plantas de interior tienen la trayectoria de la cinta (Chlorophytum comosum). La ves en salones, oficinas y cocinas de medio mundo, colgando con sus hojas arqueadas y sus estolones cargados de pequeños hijos. Es resistente, barata, casi indestructible… y encima tiene un pasado científico que la puso en el mapa: apareció en el famoso estudio Clean Air de la NASA de 1989 como una de las especies capaces de reducir contaminantes del aire doméstico.
Si buscas una planta de interior que aguante lo que le eches (o lo que se te olvide), la planta ZZ es probablemente la campeona indiscutible. Su nombre científico es Zamioculcas zamiifolia, y lleva un par de décadas convirtiéndose en la favorita de oficinas, pasillos oscuros y pisos con ventanas orientadas al norte. Aguanta semanas sin riego, tolera la sombra y crece despacio pero constante.
La salvia común (Salvia officinalis) es una de esas plantas que resuelven varios problemas a la vez. Aromatiza guisos, decora un rincón soleado del balcón y aguanta veranos secos sin quejarse. Lleva siglos en huertos monásticos, boticas y cocinas del Mediterráneo, y hoy sigue siendo una elección segura tanto si empiezas con aromáticas como si buscas una planta ornamental de bajo mantenimiento.
El pez betta (Betta splendens) es uno de los peces de agua dulce más populares del mundo, y también uno de los peor entendidos. Su fama de "pez fácil que vive en un vaso" ha causado más muertes prematuras que cualquier enfermedad. La realidad: es un pez tropical exigente, con necesidades muy concretas de espacio, temperatura y filtración.