29 diciembre 2009 Curiosidades, Salvajes

abejas

La energía producida por la miel es tal que basta una gotita del tamaño de una cabeza de alfiler para alimentar una abeja en vuelo por un trayecto de 400 metros. Pero el trabajo realizado para cosechar las materias necesarias para su fabricación y para mantenerlas en buenas condiciones es tal que no debemos extrañarnos de ver cómo se agrupan las abejas en tan gran cantidad en las colmenas. En los días buenos todo es un vuelo que se emprende por la mañana, dirigiéndose a las flores, cuyas anteras una vez alcanzada la madurez sueltan el polen.

Cada abeja se deja caer en la corola de una flor y anda allí muy atareada. Sus movimientos proyectan a su alrededor el polvo amarillo que vuelve a caer y se adhiere a los numerosos pelitos que recubren su cuerpo. Si es necesario, con un golpe dado con la mandíbula, cortará las anteras y se frotará contra ellas, absorbiendo el néctar con la extremidad de su trompa.

Cargar el polen en los cestillos colocados en el exterior de sus patas traseras no es tarea fácil, y sería un error comparar esta operación con una simple recolección de manzanas, que es suficiente con recogerlas y echarlas al cesto. Para que el polen no se lo lleve el viento, o para que no caiga durante el vuelo, debe estar humedecido, prensado n forma de bola, moldeado y hundido y además, ha de ser repartido por igual entre cada pata.

Fuente | Revista Genios

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