11 marzo 2010 Bioficha, Curiosidades, Flora

castano

Entre las mayores diversiones de los niños y los más dulces recuerdos de los adultos se hallan aquellas tardes de otoño, empleadas en la búsqueda de castañas, con su gran final alrededor del fuego que crepita al cocerlas. Aun calentitas y envueltas en papel de periódico, las castañas pueden comprarse delante de algunas escuelas, en los cines y en las estaciones de trenes, en el fresco aire de los atardeceres de otoño.

Los bosques de castaños cubren amplias áreas de la península ibérica, como un mantel denso y claro cuya sombra resulta dulce y sedante. Bajo las amplias frondas del castaño el filosofo Rousseau gustaba de meditar y escribir sus tratados, en los parques ingleses, algunos ejemplares, acompañan desde hace siglos el paseo de los nobles lores.

Los bosques de castaños, tesoro y orgullo de muchas poblaciones montañesas, padecen desde hace aproximadamente un siglo un mal terrible: un hongo que ataca la base de las plantas transformándoos en polvo negro. Es el llamado mal de la tinta, que en menos de treinta años ha destruido los bosques de los Pirineos y ahora amenaza los de los Alpes. Como remedio se intenta sustituir las variedades europeas con otras más inmunes, procedentes de China o Japón.

Esta es, sin embargo, una tarea larga si se tiene en cuenta que desde el momento de la siembra hasta la primera cosecha transcurren por los menos treinta años.

La madera del castaño es muy buena para trabajarla. Los antiguos habitantes de los lagos lo sabían y construían con ella cómodas piraguas para atravesarlos y alcanzar la tierra firme.

Poco conocidas, pero muy elegantes, las flores del castaño adornan la gran planta con delicadeza. Las abejas extraen de su néctar perfumado una exquisita miel.

En el trascurso de los años el castaño va creciendo, pero en su interior el tronco se va vaciando. Así se forma una cavidad que algunas veces resulta habitable, como con un famoso ejemplar en el Etna, que alcanza un tamaño tal que bajo sus ramas pueden situarse cómodamente cien caballos y sus respectivos jinetes.

Fuente | El maravilloso mundo de las plantas – Auriga Ciencia

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