13 abril 2008 Noticias, Peligro de extinción, Salvajes

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Gracias a un plan de renovación del suburbano de Nueva York que comenzó en el 2001, centenares de los vagones que durante décadas recorrieron Manhattan, Brooklyn, Queens y el Bronx han acabado convertidos finalmente en arrecifes artificiales en el fondo del océano Atlántico.

Ahora esos vagones yacen frente a las costas de estados como Delaware, Maryland y Nueva Jersey. Estos arrecifes artificiales han propiciado una regeneración de la flora y la fauna marina. El proceso ha beneficiado tanto a las aguas como a los negocios locales sobre tierra. Y el éxito de la iniciativa, aunque es cierto que inicialmente topó con el rechazo de algunos grupos medioambientales, ha sido tal que incluso se ha abierto una lucha entre diversos estados por hacerse con más vagones.

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Todo empezó cuando la Autoridad Metropolitana del Transporte, la agencia encargada del metro en Nueva York, decidió renovar su flota y pensó en el océano como sitio donde depositar los casi 1.300 vagones que jubilaba en el proceso. La mayoría de ellos eran los denominados redbirds (pájaros rojos), unos vagones pintados de ese color que empezaron a recorrer las entrañas de la ciudad en 1962. Y la ciudad incluso se hacía cargo del coste del transporte y del hundimiento. Y es que, aunque ese es un proceso algo costoso, es muchos millones más barato que desguazar los trenes.

Aunque al principio varios estados se interesaron por la idea y solicitaron convoyes, finalmente algunos como Nueva Jersey y Maryland se retiraron del plan por preocupaciones medioambientales. Solo Delaware siguió apostando por la propuesta y así empezó a dar paso a arrecifes artificiales en un suelo oceánico tan arenoso y llano que científicos, pescadores y ecologistas lo consideran “un desierto submarino”.

Se empezaron a construir lo que Jeff Tinsman, gerente del programa de Delaware, ha definido en unas declaraciones como “apartamentos de lujo para los peces”. Se limpió el interior de los vagones y del exterior se quitaron elementos peligrosos como los cristales, las puertas y los aceitosos engranajes y ruedas. Una vez que esas cajas metálicas de 9.000 kilos se sumergieron, en ellas comenzaron a instalarse sucesivamente mejillones, ostras y otros crustáceos y moluscos. Por sus recovecos también empezaron a circular bancos de róbalos y platijas.

Mientras se multiplicaba la cantidad de alimento marino por metro cuadrado, los viajes de los pescadores aumentaban (han pasado de los menos de 300 al año en 1997 a los 10.000 actuales). Llegaron frecuentes excursiones de submarinistas. Y, con el auge marino, la economía de los pueblos costeros floreció.

El problema para Delaware es que su éxito abrió los ojos a sus vecinos, que superaron los reparos iniciales y empezaron a competir por los trenes gratis. El principal rival ahora para todos ellos es el propio Estado de Nueva York, que está a la espera de que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército actualice su permiso de arrecifes para quedarse con los vagones, no sólo para regenerar su vida marina, sino porque así se ahorraría los costes de transporte.

Vía | elPeriódico.com

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  1. Metro submarino¿? | Ocean 22 marzo 2013

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