3 abril 2008 Curiosidades, Noticias, Salvajes

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De pequeños todos creíamos en la fantasía, la magia e ilusión de los cuentos, pero siempre nos decían que era todo ficción, que sólo existía en nuestra imaginación. Pues bien, hoy en día uno de esos mitos se ha hecho un poco más realidad cuando se encontró la primera ballena blanca.

La primera noticia sobre la existencia de este ejemplar tuvo lugar en 1991, cuando fue fotografiado en aguas de la costa este de Australia. Al año siguiente un investigador, atraído, como cientos de aficionados, por la promesa de ver al espléndido animal, se tomó el trabajo de buscarle un nombre tras comprobar que no se trataba de una simple leyenda. Así fue como Paul Forestell, jefe de investigación de la Pacific Whale Foundation en Hawaii, se puso en contacto con un grupo de aborígenes australianos para saber si atribuían algún significado especial a la ballena albina, y para pedirles, de paso, que le ayudaran a bautizarla. Los aborígenes le explicaron que los especímenes albinos (de cualquier animal) eran considerados representantes del mundo espiritual, y le propusieron como nombre Migaloo (colega blanco).

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La ballena blanca jorobada se convirtió desde entonces en un animal reverenciado por biólogos, oceanógrafos y curiosos, que cada año, durante el invierno y la primavera austral, se dan cita en la costa australiana para ser testigos de la migración de las jorobadas, pero sobre todo en busca de un golpe de suerte que les permita tener contacto con este bello ejemplar. El seguimiento que se le ha hecho estos años ha dado lugar a páginas web dedicadas casi exclusivamente a registrar sus apariciones.

En agosto del 2003 tuvo lugar un accidente que puso de manifiesto el valor científico del ejemplar. La ballena fue atropellada por un catamarán de recreo y Migaloo sufrió algunas heridas. Los ecologistas, los biólogos y los oceanógrafos pusieron el grito en el cielo y así fue como el Gobierno de Australia la declaró entonces “ballena de interés especial”, lo que en la práctica supone que nadie puede navegar a menos de 500 metros de ella.

Se intuyó durante años que se trataba de un macho y se confirmó en octubre del 2004, cuando un grupo de investigadores lograron determinar el sexo del animal gracias a unos trozos de piel. También se han obtenido muestras de ADN para realizar más estudios y desentrañar los secretos de la misteriosa jorobada blanca. Puede que los que la llaman Moby Dick prefieran que se mantenga el halo, porque nadie que haya leído la novela de Melville puede estar a disgusto con la idea de que el gracioso ejemplar que se pasea por Australia sea un descendiente de la ballena que llevó a los hombres a la perdición.

Vía | elPeriódico.com

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