28 septiembre 2009 Bioficha, Curiosidades, Salvajes

bisonte

Cerremos los ojos e imaginémonos que estamos un siglo y medio atrás. Millares de bisontes cruzan la pradera, y sus enormes rebaños levantan nubes de polvo, visibles a kilómetros de distancia. Son poderosos mamíferos, de patas cortas y recias terminadas en pezuñas hendidas. Pesados y rechonchos, jamás emprenden la huida: si son atacados, presentan cara al enemigo y ningún animal resiste sus formidables cargas acompañadas de un mugido estremecedor.

El primer europeo que vió un bisonte lo describió como si fuesen tres animales reunidos en uno solo: del león tiene la cola, terminada con un mechón, y su crin espesa; del camello, la joroba; y del toro, su frenético ataque. Es un animal demasiado pesado como para poder trepar, demasiado grande para esconderse y sin embargo es capaz de sobrevivir en espacios ampliamente descubiertos.

El aspecto temible y la fuerza del bisonte se concentra en su cabeza, que se ordinario suele estar inclinada hacia delante pero esto no es señal de fatiga. Sus cuernos huecos y curvos, son anchos en su base y se afilan rápidamente, forma ideal para arrojar al aire cualquier cosa que hayan espetado. Pero el bisonte no suele matar, únicamente lo hace si está enloquecido. Con una breve cornada arroja a lo lejos al coyote o al lobo que hayan osado desafiarle.

Unas crines imponentes coronan su cabeza, una espesa barba se balancea bajo su mentón, unos pelos particularmente largos protegen su pecho y cuelgan hasta muy abajo sobre sus patas delanteras. Tiene perfectamente el aire de lo que es: un gigante poderoso y majestuoso, que jamás tiene prisa y jamás se asusta.

Su miopía es un gran inconveniente. Puede que se detenga en plena embestida, levante la cabeza para ver al adversario con sus ojos y en seguida vuelva a la carga. Pero en su vida ordinaria, su mala vista no supone ninguna molestia para él. Para guiarse tiene un oído muy fino y un olfato tan sutil que le permite descubrir la presencia del agua a varios kilómetros de distancia.

En otoño, los vientos y la nieve azotan la pradera, pero el bisonte tiene el cuerpo necesario para resistir los fríos más agudos. Por la noche se tumba con la cara al viento y deja que lo cubra la nieve. Cuando se hace de día levanta, se sacude y come la hierba que quedado protegida por su cuerpo.

Fuente | Revista Genios

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